viernes, 24 de septiembre de 2010

Jueves

Son las 11 30 pm. Ya jugaste con el gato, él juega con tu pelo.
Fuiste a casa del novio. Se pelearon, se acomodaron, piensas en un día especial para mañana.
No cenaste, hay hambre, no hay ganas de hacer ensalada, así que optas por una Rammen de esas de Maruchan. Sabes que es un asco. Sobretodo a esa hora, pero no importa. Pones los fideos, juegas más con el gato, te sirves una Pepsi (para acabarla de poner) es como si no quisieras a tu cuerpo.

¿Qué pensarán los fumadores de esto? -Qué idiota soy, ella piensa que jode su cuerpo por fideos y Pepsi. Y yo echándole humo a mi familia, a mi perro, a mi vida.-
Ojalá y Alan leyera esto. Y Josean...

domingo, 12 de septiembre de 2010

Para Andrea

Es agradable cuando al menos algunas cosas permanecen. En un sitio donde le cambiaron el logo a los Miramar, las cosas no cuestan lo mismo todos los días, y ya no se consigue leche Parmalat como la que tomábamos cuando éramos niñas, es necesario asirse de las pocas cosas que permanecen.

Con esto no quiero decir que me quiera quedar en el pasado. Evolucionar y crecer es necesario para todos, y en eso estamos de acuerdo. Probar cosas nuevas, estar con personas distintas a las de siempre, hacer nuevos amigos y aprender a reír de lo que antes nos hacía molestar, son todas cosas imprescindibles para ser íntegros seres humanos.

Sin embargo, el sentimiento de permanencia del que les hablo no tiene que ver con esto. Tiene que ver con lo que nos ofrecen los agradables señores de Galletas Puig, las María y también las Marilú han sabido siempre igual; y si Dios quiere, seguirán así durante los próximos 90 años. O sino, como la Harina PAN, que siempre va a ser amarilla con la sonriente señora del pañuelo de puntos, y ¿qué me dicen del anuncio de Nivea Creme de la autopista Fco. Fajardo?

Hoy me di cuenta de que cuento con otra cosa muy importante en mi vida, que permanece. Después de 3 años de casi nulo contacto, nos volvemos a reír como antes. Me doy cuenta de que por mucho que hemos cambiado en esos 3 años, hay cosas que son imposibles de cambiar... Ella siempre va a revisar su sonrisa después de comer a ver si no quedó alguna evidencia del pecado. Y yo siempre me voy a quitar los lentes ante la cámara, para hacer honor al otro pecado.

En un lugar mágico y nuevo, dentro de una librería tomando café esperando por el show de magia, y felices de al fin haber llegado después de una magistral perdida y unas cuantas infracciones de tránsito, la conversación es siempre interesante, siempre fluida, siempre nuestra.

Estoy segura de que la próxima vez que vaya a tu casa, nos vamos a sentar con una jarra de Nestea y una bolsa de Platanitos (de esos que ahora llaman NatuChips) a contemplar el Guernica y descubrir cosas nuevas, historias nuevas, mientras ya NO regañamos a Guardo porque no come. Después tu mamá me va a ofrecer ese jugo de fresa que amo y que no he conseguido uno mejor en toda mi vida, y seré demasiado feliz mientras me bajo la jarra yo solita y recordamos aquella vez que pasamos toda la noche despiertas preparándonos para el examen de lapso de Mates de 8vo de María Silvina.

La permanencia de estas cosas me hace absolutamente feliz, y es que no puedo dejar de pasar por 3era Av. de los Palos Grandes con mi mamá y pensar en todas las veces en que ella "te botó" del carro.

Por esto y por todo lo que falta, por otro día de Galpones voy.
Gracias.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Cosas inexplicables

Aquí escribo un post sobre unas cuantas cosas inexplicables en las que me atrevo a pensar cuando no tengo absolutamente nada que hacer... Ahí les va, si quieren contribuir, adelante:
  • ¿Por qué el cargador de PC no puede ser un único y pequeño cable como el de MAC? Tanta tecnología para seguir usando dos cables y un perol que pesa más que la propia lap top!;
  • ¿Para qué sirve el nivel máximo del tostador de pan? A nadie le gusta comerse un pan negro;
  • ¿Por qué siguen fabricando aviones con ceniceros, cuando desde hace mil años se prohibió fumar dentro de ellos?;
  • ¿Por qué los gatos tienen múltiples personalidades? ¿Será por aquello de las 9 vidas?;
  • ¿Por qué Jerry siempre le gana a Tom? Va en contra de la selección natural;
  • ¿Porqué tradujeron el nombre de "Kermit the frog" a "Rana René"? ¿No podían llamarle "Rana Kermit"?;
  • Insisto, ¿cómo crece la alfalfa?;
  • ¿En dónde mueren los pajaritos? Lo normal sería ver que su vida ha acabado mientras volaban y por eso deberían estar sus cuerpos en el piso;
  • ¿Por qué CADIVI me pide tantos papeles para poder acceder a MI dinero?;
  • ¿Por qué le tenemos miedo a una cucaracha y no a un Pastor Alemán?;
  • ¿Por qué fuman mis primos?.
Gracias, gracias...

lunes, 30 de agosto de 2010

"Por un beso de La Flaca yo daría lo que fuera"

"Aunque sólo uno fuera"
Por: Jarabe de Palo

Experiencias clínicas III

Fue así como después de dos horas de espera, nos enviaron a una habitación en el área de Hospitalización.

Creo que ni siquiera un hotel puede vencer las características de esta habitación. Una cama cómoda (de esas de hospital, claro), un sofá para un acompañante, y un baño más grande que los de mi casa. Me dieron Kleenex, un kit para aseo personal, unas toallitas húmedas de esas de bebé, el montón de cosas de esas inútiles que le dan a las personas en la clínica.

Por fin me pude acostar cómoda y sin frío y logré dormir casi todo el día. El cuarto siempre estaba obscuro porque estaban construyendo algo al lado, y dormí y dormí... Entraban las enfermeras, me tomaban los signos vitales, entraba la del laboratorio a sacarme la sangre, entraban las enfermeras para ponerme el antibiótico, para revisar si se había acabado el suero. Todo esto lo recuerdo a intervalos ya que el sueño hacía que todo se interrumpiera.

Cuando al fin despierto al día siguiente, entró el médico residente, con su cabello claro y sus espectaculares brazos, me dice -hola, ¡otra vez!- y yo, en la luna. No recordaba haber visto a esta persona en mi vida. Sucede que en mi noche de vómitos y dolor, este médico estuvo allí conmigo y ni me di cuenta. Me revisó, me tocó el estómago de nuevo, y me dijo que probablemente me enviarían a casa ese día, pero que no estaba seguro... Teníamos que esperar por lo que dijera el Dr. Medina.

Unas horas de sueño después, llegó el Dr. Medina para decirnos que no me podían dejar ir a casa, porque todavía mis glóbulos blancos andaban en la locura, tenían que seguir administrándome el antibiótico intravenoso, así que ni modo.

Dormimos y a la mañana siguiente nos dieron de alta.

Legué a casa después de haber pasado dos días comiendo un caldo de cebollas hervidas y una gelatina que sabía a mierda, y después de enterarme de que debíamos 8 millones de bolívares, para que en algún punto de toda la historia, tuviese que esperar más de dos horas por un analgésico, y para que el intercomunicador a enfermería no sirviera. Gracias a Dios que a alguien se le ocurrió la genial idea de inventar a las aseguradoras...

miércoles, 4 de agosto de 2010

Experiencias clínicas II

Una vez que los medicamentos empezaron a surtir efecto, el dolor empezó a ceder así como las náuseas, y fue entonces que pude ocuparme de mis otras necesidades fisológicas. El frío que se sentía en la Sala de Emergencia era insoportable. Todo mi cuerpo temblaba y se contraía con el intento de calentarme, pero todo en vano. Por alguna razón, no había una cobija en ese lugar para mi, y ellos pretendían que me contentara con un campo médico de esos azules, por el cual les menté la madre y les repetí que quería una cobija.

Gracias a Dios que mi hermana decidió llevar una toalla en caso de que la necesitaramos durante el trayecto hacia la clínica y eso me sirvió de cobija improvisada hasta que como media hora después alguien se dignó a facilitarme una de las cobijas del área de Hospitalización.

Pronto me volví más consciente de lo que ocurría a mi alrededor. Mi familia me rodeaba con sus caras llenas de angustia y ya los enfermeros se habían rendido de explicarles que estaba permitida la compañía de una sola persona y no de tres. Mi papá hacía un esfuerzo por calentarme los pies, y mi mamá le daba instrucciones a mi hermana de las cosas que necesitaría para pasar la noche conmigo.

De cuando en cuando regresaba ese dolor terrible y cuando me levanté para ir al baño, no pude dejar de notar el tinte rojo que dejé en el excusado, con la subsiguiente pregunta absurda -Papi, eso está rojo, ¿está bien?-.

Me sacaron la sangre, me pusieron un viaje de antibióticos después de que se enteraron de que tenía los glóbulos blancos a mil, informándome que tenía una infección en el estómago, y me dejaron así, esperando que durmiera.

La persona que se encontraba en el cubículo de al lado, estaba luchando contra un dengue hemorrágico, un chino de esos que no entienden nada de español. El doctor, quien después resultó ser el anterior decano de la Facultad de Medicina de la UCV, no hallaba como hacerle entender al chino que el dengue le estaba causando una falla hepática y que no podía beber alcohol ni ingerir comida grasosa. En su desesperación, empezó a pegar unos gritos insoportables, acabando con mis fallidos intentos de dormir.

Entre tanto, mi mamá se había acostado en uno de los cubículos desocupados,y una vez que el doctor dejó de gritar y los chinos dejaron de gritar también, poco a poco me fui relajando y me sumí en un sueño intranquilo. Tenía muchísima sed y nadie quería darme ni un poquito de agua, por miedo a que mi intolerante estómago ni siquiera pudiese aguantar un poquitico de líquido. Mis labios estaban secos y los dientes se me pegaban a las encías. Nunca había pasado tanto tiempo sin tomar agua. Resultaron ser más de 12 horas...

Durante esa noche, intenté despertar a los enfermeros siempre que necesitaba ir al baño, y fue mi mamá la que acudió al rescate. Estaba a 4 cubículos del mío, y sin embargo, a eso de las 3 de la mañana, escuchó mi voz, y se encargó de despertar a Rodrigo (el enfermero) para que me desenchufara del suero y del antibiótico y me acompañó al baño.
Sinceramente las mamás son seres del otro mundo. Después de eso no se quiso volver a su cubículo y decidió pasar la noche "acostada" en una silla, y me acompañaba al baño cada vez. Conversó conmigo, nos reímos del chino y estábamos a la expectativa de que llegara el médico y "nos" diera de alta esa mañana para poder ir a casa.

El doctor de guardia no volvió a aparecer más nunca, ya que mi infección requería asistencia especializada y esperábamos por el gastroenterólogo, que vendría tempranito a las 10. Antes de eso, exigí un trago de agua, y me lo dieron, ¡fue maravilloso!, el agua sabía horrible, y no me importó, ¡era agua!.

Antes de que llegara el Dr. Medina, me llevaron a hacer un ecosonograma abdominal, donde me tuvieron esperando sentada en una silla de ruedas como por 15 minutos en una esquina, en la cual me sentí como una especie de estorbo, y donde después el doctor del eco, me lleno toda la panza de ese lubricante asqueroso y no le importó mancharme la franela y el short y la ropa interior de aquel gel frío y horrendo. La consideración de este hombre para con el bienestar del paciente era absolutamente nula, pensaba mientras me pasaba el aparato por el estómago y me daba órdenes -Respira profundo, aguanta la respiración, exhala-. No preguntó mi nombre ni qué tenía ni por qué estaba allí. Imbécil.

Me regresaron a mi currículum, donde ya estaba el Dr. Medina con su cara bonachona y su barba blanca, y de inmediato me sentí mejor. Me palpó el estómago, se alegró de que todo estuviese blandito, y nos dio la mala noticia. Íbamos a hospitalizarme, pues la infección seguía siendo muy severa y me quería tener en observación...

lunes, 2 de agosto de 2010

Experiencias clínicas I

Confieso que este escrito está inspirado en aquél relatado por Extranjera en su blog, pero con mi propia experiencia.

Había tenido un buen día. Pasé la mañana con mi novio, desayunamos divino en casa de su tía. Arepas, perico, caraotas, queso de año. Venezuela. Venezuela...

A eso de las 3 empecé a sentirme mal mientras íbamos camino a casa y al mismo tiempo, mi mente iba preparando una ensalada thai para mi novio. Ya había decidido que no iba a comer, las náuseas eran demasiado fuertes. Así que llegamos, cociné, lo vi comer, lo llevé de regreso a su casa, y cuando volví estaba mi papá con mi hermana así que me aguanté un poquito más. No quería que se preocupara, no quería que me diese Primperam.

Y es que cuando me siento así, como si tuviese un montón de cosas podridas dentro, prefiero expulsar aquella inmundicia de mi cuerpo, dejarla ir, sacarla de mi cuerpo. Urgente.

Pero no pude hacerlo, me esperé a que él se fuera. A eso de las 6, no aguanté más, me fui en una de las sensaciones corporales más desagradables en el mundo. Las contracciones de mi estómago para botar lo que me empeñé en guardar por tanto tiempo eran tan violentas que no me podía sentar, y mis brazos se convirtieron en mi apoyo. A todas estas no quería ayuda, sentía una verguenza tremenda porque pensé que aquello era secuela de una rasca terrible que pasé con mis amigas en Higuerote.

Después lo pensé mejor. Mi cuerpo puede metabolizar el alcohol en más de dos días. Eso no era. Así que al final me dejé ayudar. Mi mamá se fue a la farmacia, y yo seguí vomitando mientras mi hermana intentaba ver una película.

Y de repente algo que no me esperaba ocurrió. El dolor era inaguantable. Intenté no gritar, porque Cori estaba cansada, y se había puesto la pijama y todo. Pero no pude, era superior a mi. Sentía como si me estuviesen torciendo el estómago de una manera absurda y feroz. Grité.

Mucho.

La recuerdo a ella vistiéndose y haciendo un bulto de emergencia, llamando a mamá, a papá y al mismo tiempo estaba allí apoyándome y abarazándome y diciéndome que ya me iban a llevar a la clínica y que todo iría bien. Me vistió a mi también. Y nos fuimos.

Volví a vomitar en el carro. Mi hermana tan precavida se llevó un potecito.

Cuando llegué a la clínica. Aún torciéndome del dolor, logré decirle "buenas noches" al que se tropezara conmigo hasta que llegué al cubículo 1, donde volví a gritar y creo que volví a vomitar.

Sólo recuerdo las paredes verdes de ese que da asco y un frío intenso. Recuerdo la cortina del mismo verde, y la enfermera pinchándome la mano mientras yo me torcía sobre la camilla y aullaba otra vez...